miércoles, 23 de diciembre de 2015

Memorias de un aliancista (I): "¿Cómo me hice hincha blanquiazul?"


Amor a segunda vista


Debía tener nueve años la primera vez que pisé un estadio. Aquel día, quizá un domingo de invierno del año 1998, mamá me había preparado con mucha anticipación para ir al circo: ella con su mejor tenida y yo con una casaca de corduroy marrón que le encantaba endosarme siempre que salíamos a la calle. Nunca me ha gustado el circo, pero ya saben que a los nueve años uno no tiene mucho poder de decisión sobre las madres. Pero ese día se me ocurrió rogarle para que me lleve a ver un partido de fútbol. Luego de mucha insistencia, cedió ante mis rabietas: el problema era saber qué equipo jugaba aquel día. Y en dónde.

Yo aún no era hincha de nadie, lo único que me importaba era la moda del fútbol: todos mis amigos del colegio hablaban de la pelota. Vivíamos en Bellavista, en plena avenida Colonial, muy cerca al cruce con Faucett. Desde allí, la ruta más cercana era hacia el Estadio Nacional abordando unos buses largos y viejos de color azul con rojo que se conocían coloquialmente con el nombre de "Zárate-Callao". Recuerdo haber bajado en el cruce de 28 de Julio con la Vía Expresa y caminar, de la mano de mi madre, hasta la fachada norte de aquel coloso pimtado de un celeste plomizo. A mi lado, decenas de jovencitos de camisetas color crema amarillenta se empezaban a arremolinar bajo la enorme torre de aquella tribuna. "Tengo norte, oriente, compre, compre", vociferaban los revendores quienes nos cortaban el paso. Aquel día jugaba Universitario.


Lo que descubrí aquella tarde de domingo lo recuerdo muy bien, pues tuve la suerte de presenciar una de las últimas tradiciones futbolísticas peruanas que en aquel año ya estaban condenadas a la extinción: los dobletes. Debo de haber llegado cerca a las dos de la tarde, pues, luego de comprar dos entradas para la tribuna de oriente en boletería (haciendo caso omiso a la reventa), ingresamos a la mitad de un partido. Mi madre pensó que ya estabamos tarde porque el partido estaba en el entretiempo. Tuvo que preguntar a uno de los vendedores de canchita. "Es temprano señora, todavía no juega la U". En efecto, habíamos llegado con bastante anticipación al partido de fondo, que enfrentaría a Universitario con Deportivo Municipal. Ese Muni tenía como principal atracción a un tal "Lalo" Maradona, de quien decían era hermano del mismísimo Diego. A los nueve años, yo no sabía quién era ese tal Diego. La prensa deportiva ya vendía humo hace casi 20 años.

No recuerdo los rivales que se enfrentaban en el partido de antesala. Quizá haya sido el Lawn Tennis que también usaba al Nacional para jugar de local. Lo que sí llega fresca a mi memoria es el resultado del U-Muni: 3-1 a favor de la U con goles de sus dos delanteros negros: Esidio y Farfán, a quien todo el estadio llamaba "la foca". No sé si salimos antes de que termine el encuentro -costumbré que adquirí años después cada vez que iba solo a ver fútbol- pero sí que tuvimos que tomar taxi. A mi madre la daban mucho miedo los barristas violentos que la prensa de aquella época ya se animaba en construir.


Existen muchas razones para convertirse en hincha de un determinado equipo. Quizá tu padre te llevó por primera vez al estadio para ver al equipo de su preferencia y eso condicionó tu elección (como relata Nick Hornby en su Fiebre en las gradas) o simplemente te enamoraste de algún jugador en particular viéndolo por televisión. Otros son más pragmáticos en sus decisiones, como contó una vez el escritor Martín Roldán al preguntarle por su hinchaje aliancista: "Agradezco a mi viejo por haberme hecho aliancista [...] Por inculcarme ese amor por los colores". Y unos prefieren el esencialismo incluso "Yo era aliancista desde el vientre de mi madre". En cuanto a mi, puedo decir que mi padre sólo influenció mínimamente en mis preferencias por Alianza Lima. Él trabajaba en Huancayo y no vivía conmigo, por lo que tomé con pinzas el hecho de que él a su vez era aliancista. Nunca le pregunté el por qué. Hasta hoy no lo hago.

Había visto jugar en directo a la U, pero no me llamó la atención. Aún cuando en aquellos años era el mejor equipo del torneo peruano de lejos. Es más, mis primeros años de hincha aliancista coincidieron con la coyuntura deportiva del Universitario tricampeón 98-99-00. Hoy, ya con 27 años y muchas experiencias vividas gracias al fútbol, me atrevo a afirmar que percibir ese éxito en un equipo como la U me hizo inmediatamente identificarme con su rival tradicional, Alianza. Y de paso, indirectamente, coincidir en el hinchaje con mi padre. Un legado que hoy en día he replicado con mi hermano Marcelo de 14 años, quien se ha convertido en mi fiel compañero de aventuras tribuneras en el barrio de Matute. 


Es cierto que los años finales de la década del noventa son de dulce recordación para todos los hinchas cremas. La antítesis somos los aliancistas. Yo lo tengo claro: me hice hincha de Alianza aquel 1998 en pleno campeonato conquistado por Universitario. Fue una pasión que vivía en solitario dentro de mi familia, pues con mi padre lejos de casa eran pocas las ocasiones para poder asistir nuevamente al estadio. Peor aún, todos mis primos (yo era el menor) eran cremas y cada fin de semana nos reuniamos en la casa de mi abuela Olga donde casi expresamente me hacían bullying cuando esa palabra aún no se conocía en el Perú. Recuerdo bien esos encuentros familiares, donde todos nos sentábamos alrededor de un único televisor grande Phillips con antena de conejo para ver los partidos de la U, pues a nadie le interesaba los de Alianza. Claro, a nadie excepto a mi.

Mi pasión por Alianza y el fútbol llegó de la mano de otro hábito que he convertido en religión hasta el día de hoy: la lectura. Me volví en ávido lector de la revista Once, que dirigía el periodista Umberto Jara y contaba en ese entonces con las colaboraciones de los hoy reconocidos Daniel Peredo y Fernando Egusquiza. La compraba sin falta todos los lunes a S/.3 soles en un kiosko cerca a la avenida San José. También había otra, El Gráfico, pero costaba dos soles más, cuestión que el escaso presupuesto de un chico de 10 años no podía financiar semanalmente.


Seguí coleccionando la revista hasta su desaparición, a fines del 2000. Aún las guardo en una caja vieja en un armario de mi cochera-depósito. Luego tuve que juntar algunas monedas más y cambiarme a El Gráfico, donde incluso salió publicada una carta mía en la sección "Cartas de los lectores" a finales del año siguiente. La reproduje y la enmarqué para la pared de mi dormitorio. Era una crítica a la falta de puntería de Waldir y el rendimiento de mi equipo en el torneo Clausura 2001. Ya para ese entonces me había convertido en un ferviente recolector de información de todo lo que tuviera que ver con el fútbol. Juntaba los album Navarrete de los Mundiales (no sabía que existían los Panini) y seguí especialmente a mi equipo en la conquista del título del año del centenario en 2001. Para ese entonces ya estaba en secundaria, pero aún seguía sin acudir mucho al estadio, pues como ya comenté siempre estaba supeditado a la presencia de mi papá en Lima. Ninguno de mis primos mayores quería llevar a Matute. Según decían, era un crimen traicionar sus colores.

Sin embargo, pese a la hegemonía de la U a fines de aquella década, recuerdo claramente dos finales que disputamos por aquellos años y seguí atentamente por televisión. La  primera fue por el torneo Clausura 98 frente al Cristal, definida en tiempo extra con un gol de rebote de Andrés Mendoza ante el achique tardío del "loco" Del Mar. El díscolo arquero aliancista era mi ídolo de chibolo. Seguí su carrera todos esos años y volví loca a mi madre para que me comprara un uniforme de dálmata igualito al suyo, pues yo quería ser arquero. (Sobre esta historia volveré en el siguiente post). La segunda final perdida fue la del título nacional frente a la U, la de la recordada frase "en tu cara di la vuelta", cuestión que hasta el día de hoy no entiendo, ya que el partido de vuelta, en Matute, lo ganó Alianza bien por 1-0. (Sí, ya sé que en la ida perdimos 0-3 en el Nacional, pero no sé con qué cara de palo das una vuelta olímpica después de haber perdido un partido).


La cuestión es que mi hinchaje, en aquellos años, se curtió por las derrotas ante los grandes rivales más que por la victorias o títulos obtenidos. Quizá eso jugó a mi favor, pues no me obnubilé por triunfos efimeros y valoré mucho más el hecho de que, al año siguiente del tan mentado tricampeonato de Universitario, nos coronaramos campeones en nuestro año del centenario. Allí ya vivía en Lince, mi madre se había vuelto a casar y dado a luz a mi hermano Marcelo y yo ya estaba en 2do de secundaria en el colegio La Salle. Pero esa ya es otra historia.


domingo, 9 de marzo de 2014

Lo real traumático de los sueños: sobre la película Prisoners y el psicoanálisis lacaniano



Ayer en la noche vi Prisoners (Denis Villeneuve, 2013), película recientemente nominada en los Premios Oscar 2014 en la categoría Mejor Fotografía. Había leído algunos comentarios sobre ella y, como no se llegó a estrenar en el Perú,  decidí descargarla por internet. Anuncio de antemano que no es mi intención en este breve análisis aportar al debate sobre la trama argumentativa y todas esas cuestiones que tienen que ver más con la gente que ha estudiado cine (soy periodista, pero en la universidad no pude llevar cursos de guión cinematográfico, esos cursos con de la carrera de Audiovisuales). En este caso, me ha parecido provechoso rescatar algunos pasajes de esta película para hacerlos dialogar con dos conceptos claves en la propuesta teoríca del filósofo esloveno Slavoj Zizek: lo real lacaniano y el suplemento obseno de la ley. No es casualidad que las escenas que voy a rescatar para este análisis tengan como protagonista al mismo que comanda el film: el padre de familia católico Keller Dover (interpretado por Hugh Jackman). A lo largo de la película somos testigos de como este hombre canaliza hasta los peores extremos su angustía por no encontrar a su hija secuestrada, a la sazón de no notar una adecuada acctuación de la policía local.

Sentimiento de culpa

Dover es un hombre católico, y eso queda demostrado en la primera escena, cuando en compañía de su hijo -a quien le está enseñando a cazar- pronuncia una oración antes de matar a un ciervo. En las siguientes escenas lo vemos encomendándose a Dios a fin de encontrar a su hija, quien ha sido secuestrada por un desconocido. Sin embargo, notamos como este personaje es invadido por un profundo sentimiento de culpa que se canaliza a través de dos medios: por la propia voz de su mujer y por los sueños-pesadillas. Es alrededor del minuto 40 cuando la esposa de Dover, en franca crisis, lo cuestiona por no haberlos protegido, asegurando que él había dicho que lo haría siempre. Dover no atina a decir nada y solamente se limita a alcanzarle los tranquilizantes a su mujer para que pueda dormir, pero vemos en su mirada un atisbo de aflicción, con lo que queda demostrado que desde ese momento el discurso de la culpa va apoderándose de él.

Más adelante, cerca de la hora y media de película, Dover tiene un sueño. En él visualiza a su pequeña hija quien le dice que ha encontrado su silbato rojo y se lo enseña (antes de desaparecer, la niña lo estuvo buscando). Cuando el cazador le pregunta en dónde lo encontró, se despierta súbitamente. Es en este momento donde ingresa lo real lacaniano a modo de interpelación traumática, por eso habría que preguntarnos, ¿qué hace que se despierte Dover? y llevando esta pregunta del plano local (película) al global (vida cotidiana) ¿qué hace que nosotros despertemos súbitamente de un sueño? Tal como lo explica Zizek (2008: 65), no nos despertamos porque hayamos escuchado algún ruido en la realidad exterior que interrumpiese nuestro sueño. Nos despertamos debido al “insoportable carácter traumático de lo que encontramos en el sueño”. Por eso Zizek advierte que en realidad cuando despertamos del sueño lo hacemos para “seguir soñanado”. Esta cuestión se explica en la medida en que las personas sueñan para evitar esa confrontación con lo real, aquello imposible de representar y que por ende resulta traumático pero que siempre existe. En esta escena, vemos como Dover incluye a modo de objeto perturbador el silbato rojo que su hija estaba buscando, pero cuando él quiere ir más allá y le pregunta en dónde lo encontró (que  sería el mismo lugar donde estaría cautiva su hija), despierta repentinamente. Lo que podemos concluir es que Dover despierta porque se ve enfrentado a su verdadero trauma, al hecho de no haber sido responsable de la seguridad de su hija, tal cual se lo cuestionó su esposa anteriormente.


El suplemento obseno de la ley

Zizek (2003) denomina suplemento obsceno de la ley al guión tácito que se mantiene oculto en la esfera pública pero que incita al sujeto a violar las normas explícitas de una comunidad, la cual se mantiene unida justamente en base a su comunión con estas transgresiones. En última instancia, se trata de la búsqueda de un goce ilegal. Una de las frases que podría resumir la lógica del suplemento obsceno sería la ya conocida “el fin justifica los medios”, de Maquiavelo o la doctrina del epicureísmo. Como podemos apreciar desde el inicio del film, Dover secuestra al joven Alex Jones (Paul Dano) porque cree que éste tiene información sobre el paradero de su hija. En el proceso, lo golpea y tortura construyendo una ducha rústica donde lo ‘baña’ con agua caliente o fría, según vaya dando nueva información. Incluso su vecino y amigo (quien también tiene a su hija desaparecida) duda respecto a las acciones de Dover, aunque finalmente termina siendo cómplice. A lo que apunto es a develar cómo Dover transgrede la ley pública -ya que según la policía Jones era inocente- para buscar su propio beneficio (encontrar a su hija).  Según este padre de familia católico, la policía no hará nada para ayudarlo y el debe tomar el asunto “por su propia cuenta”. Aunque al final del film descubrimos que Jones sí tuvo que ver en el secuestro de las niñas, no podemos justificar las acciones del propio Dover (escenas realmente impactantes por cierto).

Bibliografía:

ZIZEK, Slavoj
2008 Como leer a Lacan, Buenos Aires: Paidós.
2003 La metástasis del goce, Buenos Aires: Paidós.

domingo, 26 de enero de 2014

Cabeza fría: 'Stan' Wawrinka vence a Rafael Nadal y se corona en el Australian Open 2014

Había vivido toda su vida detrás de la sombra de Federer. Incluso había declarado que para él Roger siempre sería "el número uno". Pero tras lo demostrado el día de ayer en la final del Australian Open 2014, con ese 6-2, 6-2, 3-6 y 6-3 parece ser que este hombre nacido en Laussane hace 28 años quiere empezar a escribir su propia historia. Stanislas Wawrinka dio el golpe, sí, pero con lo demostrado en la cancha justifica su hermosa copa. 


No fue un partido en que el suizo haya salido a especular, es más, tomó la iniciativa desde el primer punto, algo que siempre hay que buscar cuando te enfrentaste a 'monstruos' de la talla del Rafa Nadal. Así, con una derecha que metía todas, se coocó dos sets arriba. En la previa Nadal venía con una ampolla en su mano izquierda que no le permitía jugar del todo cómodo, pero en pleno partido surgió un contratiempo inesperado: fuertes dolores lumbares le obligaron hasta pedir al trainer del torneo en el final del tercer set. Presumiblemente se le dieron unos analgésicos y sutieron efecto pronto, pues Nadal descontó en ese momento y se adjudicó el tercer set por 6-3. 


Para el cuarto set parece que el suizo recobró la memoria, cambió el chip y pudo volver a enfocarse en lo que había venido haciendo muy bien: el juego fuerte con su derecha abierta y la definición de revés paralelo. Su saque también fue sólido. Tras el triunfo, quizá aún sin creerselo el mismo, no se tiró al suelo ni gritó como loco como seguramente lo hubiese hecho su rival de turno. Como el mismo dijo en sus palabras de agradecimiento: "quizá mañana por la mañana recién pueda comprender la magnitud de esta victoria". Ahora es el nuevo número 3 del mundo y su futuro se asoma prometedor. Se viene la gira en clay por Sudamérica y Wawrinka dirá presente en Buenos Aires. A ver que tal le va en canchas más lentas.