miércoles, 6 de enero de 2016
sábado, 2 de enero de 2016
Memorias de un aliancista (II): la tarde que vi el último gol de Pizarro con Alianza en el Callao
Una tarde de fútbol en el Callao
En el Callao de finales de los noventa, no era fácil permanecer indiferente al fútbol. Más aún si vivías en la avenida Colonial y cada mes tenías a la Trinchera Norte o al Comando Sur frente a la puerta de tu casa, en sus acostumbradas "caminatas" rumbo al estadio Miguel Grau. Los escasos policías que acompañaban a la turba visitante nunca eran suficientes y las personas más desafortundas que se topaban con esa marea humana, eran víctimas frecuentes de robos al paso y agresiones físicas. Los más rápidos lograban escapar y se refugiaban en las pocas bodegas que se arriesgaban a seguir abiertas durante el paso de aquella procesión bulluciosa con olor a pasta. Me encantaba de ver a las barras bravas descender por el bypass de Fauccett con Colonial y me imaginaba cantando junto a ellas: era todo un espectáculo, casi como la procesión Octubre del Señor de los Milagros, a la que tampoco nunca he acompañado hasta el día de hoy.
Ya de niño me fascinaban este tipo de acontecimientos, a pesar de que muchos domingo me tuviera que mantener atrincherado dentro de mi edicificio de la cuadra 52 de la Colonial al ver pasar a los barristas más aguerridos del fútbol peruano: el afamado Comado Svr. Los veía pasar desde las Torres de San José en donde vivía (frente a donde hoy se levanta un moderno Plaza Vea), anhelando algún día poder acompañarlos rumbo a lo que en aquella época me parecía un mítico estadio Miguel Grau, solo digno de los hinchas chalacos más gamberros y rudos, tal como describe mi amigo Balo Sánchez León en su La balada del gol perdido.
Pepe era el hijo mejor de mi tía Delma, la hermana mayor de mi mamá y el primo con quien tenía más afinidad a pesar de la diferencia de edad: ocho años. Creo que mi mamá hasta hoy también se siente muy cercana a él ya que es su madrina. Además, era el único de mis primos que vivía en la gran casa de mi abuela Olga en la urbanización Vipol, muy cerca al aeropuerto Jorge Chavéz. En Agosto de 1999, Pepe ya tenía 18 años y yo apenas 10, por lo que mi mamá le pidió que me llevará a ver un partido de fútbol. Ya he relatado anteriormente que todos mis primos eran de la U y Pepe no era la excepción, por lo que el que me llevara hasta Matute no fue un posibilidad en absoluto aquella vez.
Por ello, aquel domingo 15 de Agosto de 1999 el partido Sport Boys-Alianza Lima se prestaba para la ocasión. Pepe tan solo debía "hacer el esfuerzo" de acompañar hasta el Miguel Grau a su pequeño primo y a cambio recibiría -seguramente-una jugosa propina de parte de mi madre, que después de su primera experiencia en el Estadio Nacional conmigo no estaba dispuesta a repetir el plato. De mi casa solo había que cruzar la avenida y tomar las pequeñas combis que pasaban por la misma Colonial (aquellas que te llevaban hasta La Punta) y que te dejan hasta la actualidad en la misma puerta del estadio, frente al cementerio Presbitero Maestro. Todo esto, claro, con mucha anticipación, para evitar al Comando Sur, según me había advertido mi primo .
Guardo en la memoria aquella tarde nublada llegando al estadio con mucha prisa de la mano de Pepe. Y a pesar de tener entradas preferenciales de "butaca" en Occidente, terminamos viendo el partido parados, pues todos los asientos de ese sector -unas sillas de color rojo de amplios respaldares- estaban ocupadas. Es más, detrás de ellas habían dos filas más de gente, por lo que ver el partido resultó casi imposible. Tuve que aprovechar mi tamaño y escabullirme entre las piernas de los adultos para poder llegar hasta el borde la tribuna y poder contemplar el campo de juego, de un color verde amarillento. Estaba llego de tiras de papel blanco, el cual condunfí con rollos de papel higiénico. El partido ya había empezado y los afiebrados gritos de unos señores uy viejos hinchas del Boys se hacían escuchar a ambos lados de mi cabeza. Los miré con rabia, pues estaban ocupando los asientos que me correspondían, pero no les pude decir nada. A los diez años no era aconsejable enfrentarse con un tipo que sextuplicaba tu edad.
El último gol de Pizarro en Alianza
En aquella época, mi imaginación infantil se alimentaba con los goles de Claudio Pizarro. Aún no lo sabía, pero aquella tarde el futuro "bombardero de los andes" marcaría lo que sería su último gol con la camiseta de Alianza Lima. El fin de semana anterior, se había despachado a sus anchas anotando una 'manito' ante el Unión Minas en Matute (7-1) en el partido que se dijo terminó de convencer a los empresarios del Werder Bremen alemán para llevárselo a Europa. También se comentó que en realidad habían llegado a ver a otra promesa: al joven zaguero Sandro Baylón, quien perdería la vida cuatro meses más tarde en un accidente automovilistico en la Costa Verde.
Alianza Lima llegaba en racha, con tres victorias consecutivas. Tenía jugadores interesantes como Tressor Moreno, Henry Quinteros, John Hinostroza, David Chévez y el propio Pizarro. Sin embargo, en aquellos años, el equipo chalaco siempre fue un rival muy díficil, especialmente cuando jugaba de local. En 1998, había quedado fuera de la definición del torneo clausura por diferencia de goles y ese Agosto del 99, de la mano del mismo DT César 'chalaca' Gonzales, buscaba revancha. Yo estaba un poco decepcionado, pues mi jugador favorito del equipo, el arquero Christian "loco" Del Mar, había sido relegado a la banca de suplentes por un colombiano de apellido Galvis, denominado "la moña" por su curioso peinado. Al parecer, el popular "loco" y el DT aliancista de aquel año, Edgar Ospina, no se llevaban de la mejor manera.
En medio de la tribuna, escuchaba la voz de Pepe desde mis espaldas, repitiendome que no me alejara, pero mis ojos estaban puestos en el partido y en cómo mi Alianza era dominado por un empeñoso Boys. Los locales anotaron rápido con un tiro libre de Pinillos ante una floja respuesta del arquero Galvis, un error que a la postre le costaría el puesto: el loco del Mar regresaría al arco aliancista y con él campeonaríamos el Clausura 99. Pizarro puso el empate transitorio. No recuerdo si lo grité o no ya que estaba en medio de los viejos hinchas del Boys, pero era un niño de diez años inocente y seguramente me ganó el sentimiento. No obstante, mi alegría no duró mucho pues el brasileño Marquinho, el mismo que había vestido la camiseta aliancista e inclusó campeonó con nosotros en 1997, convirtió un penal antes del final del primer tiempo, sentenciando el partido por 2-1.
La semana siguiente, el 21 de Agosto de 1999, Claudio Pizarro se despidió de Alianza Lima con un triunfo de 2-1 frente a Cristal. Los goles fueron de Moreno y Baylón. Dejó al equipo encaminado al título de Clausura, tarea que finalmente se concretó tras 22 fechas y con 47 puntos en la bolsa, cinco más que Universitario. Yo, por mi parte, nunca olvidaré esa primera experiencia en el estadio del Callao, de niño, casi en solitario, en una tribuna visitante, de pie, gritanto y aplaudiendo, derrotado, pero al final del torneo campeón. Extraño regresar al Callao para enfrentar al Boys. Es un equipo aguerrido y que siempre da pelea, pero que por problemas económicos hoy deambula en segunda división.
Mi abuela Olga, fallecida hace cuatro años, vivía en el jirón Cañete 169, cerca a la avenida Saenz Peña, por la SUNARP. Ella siempre me decía que por haber vivido en mi infancia en Bellavista debía ser del Boys. También mi papá, hincha de Alianza, me comentó alguna vez que simpatizaba con el equipo rosado. En mi caso, no sé si sea cariño lo que sienta por la camiseta rosada. Lo que me embarga hoy en día es la nostalgia. La nostalgía de haber conocido aquella tarde la derrota, de creerme invencible para siempre y que de pronto un grupo de once mortales vestidos de rosado me hayan dado una cachetada con la dura realidad de lo que es el fútbol.
En el Callao de finales de los noventa, no era fácil permanecer indiferente al fútbol. Más aún si vivías en la avenida Colonial y cada mes tenías a la Trinchera Norte o al Comando Sur frente a la puerta de tu casa, en sus acostumbradas "caminatas" rumbo al estadio Miguel Grau. Los escasos policías que acompañaban a la turba visitante nunca eran suficientes y las personas más desafortundas que se topaban con esa marea humana, eran víctimas frecuentes de robos al paso y agresiones físicas. Los más rápidos lograban escapar y se refugiaban en las pocas bodegas que se arriesgaban a seguir abiertas durante el paso de aquella procesión bulluciosa con olor a pasta. Me encantaba de ver a las barras bravas descender por el bypass de Fauccett con Colonial y me imaginaba cantando junto a ellas: era todo un espectáculo, casi como la procesión Octubre del Señor de los Milagros, a la que tampoco nunca he acompañado hasta el día de hoy.
Ya de niño me fascinaban este tipo de acontecimientos, a pesar de que muchos domingo me tuviera que mantener atrincherado dentro de mi edicificio de la cuadra 52 de la Colonial al ver pasar a los barristas más aguerridos del fútbol peruano: el afamado Comado Svr. Los veía pasar desde las Torres de San José en donde vivía (frente a donde hoy se levanta un moderno Plaza Vea), anhelando algún día poder acompañarlos rumbo a lo que en aquella época me parecía un mítico estadio Miguel Grau, solo digno de los hinchas chalacos más gamberros y rudos, tal como describe mi amigo Balo Sánchez León en su La balada del gol perdido.
Pepe era el hijo mejor de mi tía Delma, la hermana mayor de mi mamá y el primo con quien tenía más afinidad a pesar de la diferencia de edad: ocho años. Creo que mi mamá hasta hoy también se siente muy cercana a él ya que es su madrina. Además, era el único de mis primos que vivía en la gran casa de mi abuela Olga en la urbanización Vipol, muy cerca al aeropuerto Jorge Chavéz. En Agosto de 1999, Pepe ya tenía 18 años y yo apenas 10, por lo que mi mamá le pidió que me llevará a ver un partido de fútbol. Ya he relatado anteriormente que todos mis primos eran de la U y Pepe no era la excepción, por lo que el que me llevara hasta Matute no fue un posibilidad en absoluto aquella vez.
Por ello, aquel domingo 15 de Agosto de 1999 el partido Sport Boys-Alianza Lima se prestaba para la ocasión. Pepe tan solo debía "hacer el esfuerzo" de acompañar hasta el Miguel Grau a su pequeño primo y a cambio recibiría -seguramente-una jugosa propina de parte de mi madre, que después de su primera experiencia en el Estadio Nacional conmigo no estaba dispuesta a repetir el plato. De mi casa solo había que cruzar la avenida y tomar las pequeñas combis que pasaban por la misma Colonial (aquellas que te llevaban hasta La Punta) y que te dejan hasta la actualidad en la misma puerta del estadio, frente al cementerio Presbitero Maestro. Todo esto, claro, con mucha anticipación, para evitar al Comando Sur, según me había advertido mi primo .
Guardo en la memoria aquella tarde nublada llegando al estadio con mucha prisa de la mano de Pepe. Y a pesar de tener entradas preferenciales de "butaca" en Occidente, terminamos viendo el partido parados, pues todos los asientos de ese sector -unas sillas de color rojo de amplios respaldares- estaban ocupadas. Es más, detrás de ellas habían dos filas más de gente, por lo que ver el partido resultó casi imposible. Tuve que aprovechar mi tamaño y escabullirme entre las piernas de los adultos para poder llegar hasta el borde la tribuna y poder contemplar el campo de juego, de un color verde amarillento. Estaba llego de tiras de papel blanco, el cual condunfí con rollos de papel higiénico. El partido ya había empezado y los afiebrados gritos de unos señores uy viejos hinchas del Boys se hacían escuchar a ambos lados de mi cabeza. Los miré con rabia, pues estaban ocupando los asientos que me correspondían, pero no les pude decir nada. A los diez años no era aconsejable enfrentarse con un tipo que sextuplicaba tu edad.
El último gol de Pizarro en Alianza
En aquella época, mi imaginación infantil se alimentaba con los goles de Claudio Pizarro. Aún no lo sabía, pero aquella tarde el futuro "bombardero de los andes" marcaría lo que sería su último gol con la camiseta de Alianza Lima. El fin de semana anterior, se había despachado a sus anchas anotando una 'manito' ante el Unión Minas en Matute (7-1) en el partido que se dijo terminó de convencer a los empresarios del Werder Bremen alemán para llevárselo a Europa. También se comentó que en realidad habían llegado a ver a otra promesa: al joven zaguero Sandro Baylón, quien perdería la vida cuatro meses más tarde en un accidente automovilistico en la Costa Verde.
Alianza Lima llegaba en racha, con tres victorias consecutivas. Tenía jugadores interesantes como Tressor Moreno, Henry Quinteros, John Hinostroza, David Chévez y el propio Pizarro. Sin embargo, en aquellos años, el equipo chalaco siempre fue un rival muy díficil, especialmente cuando jugaba de local. En 1998, había quedado fuera de la definición del torneo clausura por diferencia de goles y ese Agosto del 99, de la mano del mismo DT César 'chalaca' Gonzales, buscaba revancha. Yo estaba un poco decepcionado, pues mi jugador favorito del equipo, el arquero Christian "loco" Del Mar, había sido relegado a la banca de suplentes por un colombiano de apellido Galvis, denominado "la moña" por su curioso peinado. Al parecer, el popular "loco" y el DT aliancista de aquel año, Edgar Ospina, no se llevaban de la mejor manera.
En medio de la tribuna, escuchaba la voz de Pepe desde mis espaldas, repitiendome que no me alejara, pero mis ojos estaban puestos en el partido y en cómo mi Alianza era dominado por un empeñoso Boys. Los locales anotaron rápido con un tiro libre de Pinillos ante una floja respuesta del arquero Galvis, un error que a la postre le costaría el puesto: el loco del Mar regresaría al arco aliancista y con él campeonaríamos el Clausura 99. Pizarro puso el empate transitorio. No recuerdo si lo grité o no ya que estaba en medio de los viejos hinchas del Boys, pero era un niño de diez años inocente y seguramente me ganó el sentimiento. No obstante, mi alegría no duró mucho pues el brasileño Marquinho, el mismo que había vestido la camiseta aliancista e inclusó campeonó con nosotros en 1997, convirtió un penal antes del final del primer tiempo, sentenciando el partido por 2-1.
La semana siguiente, el 21 de Agosto de 1999, Claudio Pizarro se despidió de Alianza Lima con un triunfo de 2-1 frente a Cristal. Los goles fueron de Moreno y Baylón. Dejó al equipo encaminado al título de Clausura, tarea que finalmente se concretó tras 22 fechas y con 47 puntos en la bolsa, cinco más que Universitario. Yo, por mi parte, nunca olvidaré esa primera experiencia en el estadio del Callao, de niño, casi en solitario, en una tribuna visitante, de pie, gritanto y aplaudiendo, derrotado, pero al final del torneo campeón. Extraño regresar al Callao para enfrentar al Boys. Es un equipo aguerrido y que siempre da pelea, pero que por problemas económicos hoy deambula en segunda división.
Mi abuela Olga, fallecida hace cuatro años, vivía en el jirón Cañete 169, cerca a la avenida Saenz Peña, por la SUNARP. Ella siempre me decía que por haber vivido en mi infancia en Bellavista debía ser del Boys. También mi papá, hincha de Alianza, me comentó alguna vez que simpatizaba con el equipo rosado. En mi caso, no sé si sea cariño lo que sienta por la camiseta rosada. Lo que me embarga hoy en día es la nostalgia. La nostalgía de haber conocido aquella tarde la derrota, de creerme invencible para siempre y que de pronto un grupo de once mortales vestidos de rosado me hayan dado una cachetada con la dura realidad de lo que es el fútbol.
Etiquetas:
Alianza Lima,
Crónicas,
Fútbol
Ubicación:
Miraflores, Perú
jueves, 24 de diciembre de 2015
Gonzalo Nuñez insulta y se pelea con Silvio Valencia en Exitosa Deportes
Jean Rodriguez me pide disculpas en el minuto 50:10min.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Memorias de un aliancista (I): "¿Cómo me hice hincha blanquiazul?"
Amor a segunda vista
Debía tener nueve años la primera vez que pisé un estadio. Aquel día, quizá un domingo de invierno del año 1998, mamá me había preparado con mucha anticipación para ir al circo: ella con su mejor tenida y yo con una casaca de corduroy marrón que le encantaba endosarme siempre que salíamos a la calle. Nunca me ha gustado el circo, pero ya saben que a los nueve años uno no tiene mucho poder de decisión sobre las madres. Pero ese día se me ocurrió rogarle para que me lleve a ver un partido de fútbol. Luego de mucha insistencia, cedió ante mis rabietas: el problema era saber qué equipo jugaba aquel día. Y en dónde.
Yo aún no era hincha de nadie, lo único que me importaba era la moda del fútbol: todos mis amigos del colegio hablaban de la pelota. Vivíamos en Bellavista, en plena avenida Colonial, muy cerca al cruce con Faucett. Desde allí, la ruta más cercana era hacia el Estadio Nacional abordando unos buses largos y viejos de color azul con rojo que se conocían coloquialmente con el nombre de "Zárate-Callao". Recuerdo haber bajado en el cruce de 28 de Julio con la Vía Expresa y caminar, de la mano de mi madre, hasta la fachada norte de aquel coloso pimtado de un celeste plomizo. A mi lado, decenas de jovencitos de camisetas color crema amarillenta se empezaban a arremolinar bajo la enorme torre de aquella tribuna. "Tengo norte, oriente, compre, compre", vociferaban los revendores quienes nos cortaban el paso. Aquel día jugaba Universitario.
Lo que descubrí aquella tarde de domingo lo recuerdo muy bien, pues tuve la suerte de presenciar una de las últimas tradiciones futbolísticas peruanas que en aquel año ya estaban condenadas a la extinción: los dobletes. Debo de haber llegado cerca a las dos de la tarde, pues, luego de comprar dos entradas para la tribuna de oriente en boletería (haciendo caso omiso a la reventa), ingresamos a la mitad de un partido. Mi madre pensó que ya estabamos tarde porque el partido estaba en el entretiempo. Tuvo que preguntar a uno de los vendedores de canchita. "Es temprano señora, todavía no juega la U". En efecto, habíamos llegado con bastante anticipación al partido de fondo, que enfrentaría a Universitario con Deportivo Municipal. Ese Muni tenía como principal atracción a un tal "Lalo" Maradona, de quien decían era hermano del mismísimo Diego. A los nueve años, yo no sabía quién era ese tal Diego. La prensa deportiva ya vendía humo hace casi 20 años.
No recuerdo los rivales que se enfrentaban en el partido de antesala. Quizá haya sido el Lawn Tennis que también usaba al Nacional para jugar de local. Lo que sí llega fresca a mi memoria es el resultado del U-Muni: 3-1 a favor de la U con goles de sus dos delanteros negros: Esidio y Farfán, a quien todo el estadio llamaba "la foca". No sé si salimos antes de que termine el encuentro -costumbré que adquirí años después cada vez que iba solo a ver fútbol- pero sí que tuvimos que tomar taxi. A mi madre la daban mucho miedo los barristas violentos que la prensa de aquella época ya se animaba en construir.
Existen muchas razones para convertirse en hincha de un determinado equipo. Quizá tu padre te llevó por primera vez al estadio para ver al equipo de su preferencia y eso condicionó tu elección (como relata Nick Hornby en su Fiebre en las gradas) o simplemente te enamoraste de algún jugador en particular viéndolo por televisión. Otros son más pragmáticos en sus decisiones, como contó una vez el escritor Martín Roldán al preguntarle por su hinchaje aliancista: "Agradezco a mi viejo por haberme hecho aliancista [...] Por inculcarme ese amor por los colores". Y unos prefieren el esencialismo incluso "Yo era aliancista desde el vientre de mi madre". En cuanto a mi, puedo decir que mi padre sólo influenció mínimamente en mis preferencias por Alianza Lima. Él trabajaba en Huancayo y no vivía conmigo, por lo que tomé con pinzas el hecho de que él a su vez era aliancista. Nunca le pregunté el por qué. Hasta hoy no lo hago.
Había visto jugar en directo a la U, pero no me llamó la atención. Aún cuando en aquellos años era el mejor equipo del torneo peruano de lejos. Es más, mis primeros años de hincha aliancista coincidieron con la coyuntura deportiva del Universitario tricampeón 98-99-00. Hoy, ya con 27 años y muchas experiencias vividas gracias al fútbol, me atrevo a afirmar que percibir ese éxito en un equipo como la U me hizo inmediatamente identificarme con su rival tradicional, Alianza. Y de paso, indirectamente, coincidir en el hinchaje con mi padre. Un legado que hoy en día he replicado con mi hermano Marcelo de 14 años, quien se ha convertido en mi fiel compañero de aventuras tribuneras en el barrio de Matute.
Es cierto que los años finales de la década del noventa son de dulce recordación para todos los hinchas cremas. La antítesis somos los aliancistas. Yo lo tengo claro: me hice hincha de Alianza aquel 1998 en pleno campeonato conquistado por Universitario. Fue una pasión que vivía en solitario dentro de mi familia, pues con mi padre lejos de casa eran pocas las ocasiones para poder asistir nuevamente al estadio. Peor aún, todos mis primos (yo era el menor) eran cremas y cada fin de semana nos reuniamos en la casa de mi abuela Olga donde casi expresamente me hacían bullying cuando esa palabra aún no se conocía en el Perú. Recuerdo bien esos encuentros familiares, donde todos nos sentábamos alrededor de un único televisor grande Phillips con antena de conejo para ver los partidos de la U, pues a nadie le interesaba los de Alianza. Claro, a nadie excepto a mi.
Mi pasión por Alianza y el fútbol llegó de la mano de otro hábito que he convertido en religión hasta el día de hoy: la lectura. Me volví en ávido lector de la revista Once, que dirigía el periodista Umberto Jara y contaba en ese entonces con las colaboraciones de los hoy reconocidos Daniel Peredo y Fernando Egusquiza. La compraba sin falta todos los lunes a S/.3 soles en un kiosko cerca a la avenida San José. También había otra, El Gráfico, pero costaba dos soles más, cuestión que el escaso presupuesto de un chico de 10 años no podía financiar semanalmente.
Seguí coleccionando la revista hasta su desaparición, a fines del 2000. Aún las guardo en una caja vieja en un armario de mi cochera-depósito. Luego tuve que juntar algunas monedas más y cambiarme a El Gráfico, donde incluso salió publicada una carta mía en la sección "Cartas de los lectores" a finales del año siguiente. La reproduje y la enmarqué para la pared de mi dormitorio. Era una crítica a la falta de puntería de Waldir y el rendimiento de mi equipo en el torneo Clausura 2001. Ya para ese entonces me había convertido en un ferviente recolector de información de todo lo que tuviera que ver con el fútbol. Juntaba los album Navarrete de los Mundiales (no sabía que existían los Panini) y seguí especialmente a mi equipo en la conquista del título del año del centenario en 2001. Para ese entonces ya estaba en secundaria, pero aún seguía sin acudir mucho al estadio, pues como ya comenté siempre estaba supeditado a la presencia de mi papá en Lima. Ninguno de mis primos mayores quería llevar a Matute. Según decían, era un crimen traicionar sus colores.
Sin embargo, pese a la hegemonía de la U a fines de aquella década, recuerdo claramente dos finales que disputamos por aquellos años y seguí atentamente por televisión. La primera fue por el torneo Clausura 98 frente al Cristal, definida en tiempo extra con un gol de rebote de Andrés Mendoza ante el achique tardío del "loco" Del Mar. El díscolo arquero aliancista era mi ídolo de chibolo. Seguí su carrera todos esos años y volví loca a mi madre para que me comprara un uniforme de dálmata igualito al suyo, pues yo quería ser arquero. (Sobre esta historia volveré en el siguiente post). La segunda final perdida fue la del título nacional frente a la U, la de la recordada frase "en tu cara di la vuelta", cuestión que hasta el día de hoy no entiendo, ya que el partido de vuelta, en Matute, lo ganó Alianza bien por 1-0. (Sí, ya sé que en la ida perdimos 0-3 en el Nacional, pero no sé con qué cara de palo das una vuelta olímpica después de haber perdido un partido).
La cuestión es que mi hinchaje, en aquellos años, se curtió por las derrotas ante los grandes rivales más que por la victorias o títulos obtenidos. Quizá eso jugó a mi favor, pues no me obnubilé por triunfos efimeros y valoré mucho más el hecho de que, al año siguiente del tan mentado tricampeonato de Universitario, nos coronaramos campeones en nuestro año del centenario. Allí ya vivía en Lince, mi madre se había vuelto a casar y dado a luz a mi hermano Marcelo y yo ya estaba en 2do de secundaria en el colegio La Salle. Pero esa ya es otra historia.
Etiquetas:
Alianza Lima,
Crónicas,
Fútbol
Ubicación:
Lima, Perú
miércoles, 29 de julio de 2015
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